UN CUENTO (CON EL QUE ME ESTOY ENCONTRANDO)

Enclavado en la ribera del Coatzacoalcos y en las cercanías de la línea limítrofe con Chiapas, se encuentra situada una pequeña comunidad de nombre “Cascajal”.

Características del sitio, las que podemos esperar de la selva de esas latitudes, un profundo y maravilloso verde por doquier que a gritos y susurros de sus habitantes expresa el continuo dame y ten de la vida; salpicado de alegres y brillantes colores de mariposas mil en vaivén, de exóticas flores y aves de fastuoso plumaje.

Así también, tierra prodiga de diversos frutos como para cubrir sin trabajo las necesidades de alimento de sus moradores quienes, además, acuden al río cuando apetecen las opciones de las que les provee.

Bien, en ese sitio con escasas 12 familias en la parte norte y 2 más en el sur del río, hubo de desarrollarse una historia en la que el que suscribe no fue espectador pero lo sabe de buena menta por lo que asegura que es todo cierto.

Se movieron en la trama los más diversos personajes y son los principales de ellos  los que se describen a continuación.

Teófilo “Escorpión”, quien recién había llegado procurando encontrarse consigo mismo, pues si bien había crecido en la calma de la provincia, con las faenas del campo, a escasa edad fue conducido al mundo loco de la metrópoli capital del país.

Cambio entonces el tranvía por el caballo, el claxon de los automóviles por el trino de los pájaros y la malicia de los hombres por la calma de aquel cielo estrellado; fue entonces cuando se perdió.

Por aquellas fechas, fines de 1956, contaba él con 25 años que le proporcionaban una fortaleza digna de un atleta, que, sin embargo, no soportaba el peso del ritmo de vida del Distrito Federal.

Juan Barush, el mas viejo, el cacique, el que nunca había salido de Cascajal. Había nacido de la unión de dos naturales de Minatitlán, Veracruz, que tuvieron un día la idea de mediar distancia entre ellos y los parientes de ella.

Aproximadamente de 50 años, aparentaba si acaso 40 en su cuerpo pero 60 o 70 de madurez y experiencia.

Aureliana del Sagrario, aquella mujer a la que la desgracia había hecho su presa durante los últimos dos años, en los cuales además de perder a su hijo y a su marido en un desbordamiento del río, el primero de 20 y el otro de 60 años, dejándola al cuidado de labores en verdad harto arduas; se estaba quedando irremediablemente ciega……….

Continuará……