CARLITOS, CAPITULO 1

Es curioso pero me parece que mi historia bien podría ser la de cualquiera sin importar en donde y cuando haya nacido, ¡Pero esta es la mía!

Todo comienza con mis recuerdos, desde luego voy a tener que omitir todos aquellos pasajes que por propia conveniencia no llegan a mí.

Me veo jugando en ciudad Netzahualcóyotl con bistecs de lodo, éstos se formaban al secarse el lodo después de la lluvia, los ocupaba para lanzarlos como platillos voladores, o bien, simplemente caminaba  arriba de ellos para quebrarlos como se quiebran las hojas secas que en otoño, en donde existen árboles; los niños quiebran al caminar.

Jugaba también con canicas de piedra que compraba si no mal recuerdo a 3 x 5 centavos, mientras comía alguna rebanada de jícama con chile y limón que me habría costado 10 centavos, esto en el patio de mi casa que no contaba propiamente con una barda, tal vez unas piedras y palos que sirvieran  para delimitar nuestra propiedad, a la que no llegamos como paracaidistas, mis padres adquirieron una deuda de $5,000.00 allá por aquellos años de los  mediados de los 50’s.

Nuestra habitación en la que mágicamente cabían la cocina, la sala, la recamara de mis papás y la de los niños, el taller en el que mi papá con la ayuda de mi mamá hacia hasta cinco pantalones a la medida que una familia judía con negocios en aquellas viejas calles de San Juan de Letrán le confiaba; era de adobe con techo de láminas de cartón  y puerta de madera que atrancábamos  con un palo recargado contra el piso y una aldaba para mayor seguridad.

Como un relámpago acude a mi memoria el quinqué de petróleo con el que nos alumbrábamos noche tras noche, generalmente humeado aunque de vez en vez tan translucido que parecía que se había de quebrar si se agarraba sin cuidado.

La maquina marca “Singer”, sin motor desde luego, en la que de manera perfecta e increíblemente rápida mi padre trabajó toda su vida.

La plancha de carbón (debe haber sido de hierro supongo pero con ese nombre la identificábamos), que se calentaba en la estufa de petróleo( me refiero a que el combustible era petróleo precisamente),  y utilizando un burrito (es un artefacto de madera de forma apropiad para planchar ropa)  forrado con manta de la que normalmente se utilizaría para las bolsas de los pantalones y posiblemente algún buen trozo de casimir de  lana pura para que fuera más resistente, servía perfectamente para darle  el terminado al trabajo.

Y en fin, poco a poco iré describiendo  más detalles, por lo pronto me quiero enfocar en mis juegos. Como todos los niños de mi colonia yo era dueño de la ciudad entera, grandes llanos y charcos que parecían lagunas, zanjas que saltábamos a veces sin éxito para caer en medio de los ajolotes cuando íbamos corriendo tratando de alcanzar a las mariposas con, ya sea un ramo de yerbas con o sin espinas o, con el suéter de la escuela, casi siempre medio rotito de los codos o de las mangas.

En esos llanos jugamos siempre la mayor parte de cada día, a excepción de el tiempo estrictamente necesario para cumplir con las obligaciones que teníamos:   ir a la escuela, hacer el quehacer en la casa y desde luego la tarea.

Fuera al fútbol con una pelota ponchada, al béisbol con un palo y cualquier pelota, al burro castigado o a: los encantados, la cebollita, doña blanca,  pescar ranas, volados, escondidillas, la resortera, los ligazos, canicas, balero, trompo, yo-yo, la botella, matarililirilon, bolillo, matatena y muchas, muchas cosas más; mi niñez fue el juego y la libertad

Viene también el recuerdo de la época navideña, y, cosa curiosa; en las noches en cualquier cuadra se podían ver varias lumbradas, y no hacía falta invitación para asistir a las posadas de cualquiera de los vecinos. Estas se hacían de una manera que hoy puedo calificar como tradicional, esto  es, con la procesión, los villancicos, las velitas, el ponche, el arrullo del niño dios, las bolsitas de colaciones, las piñatas con trocitos de caña, tejocotes, mandarinas y cacahuates y generalmente éramos convidados por cualquiera de los vecinos a comer sangüiches, tamales, pozole, champurrado y en fin, pura felicidad en medio de la pobreza y nuestros papás bailando cumbias como “la Pollera Colorá” de Carmen Rivero, música de la Sonora Santanera, la Sonora Matancera, y cantantes de música ranchera como Pedro y Jorge

 

 

 

 

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